viernes, 14 de septiembre de 2012

El misterio de la tumba de San Pedro



Todo aquél que haya visitado Roma habrá atestiguado la existencia de un auténtico mundo subterráneo bajo el pavimento de la “Ciudad Eterna”. Esta sucesión de capas urbanas superpuestas refleja el verdadero cariz de la que fue la capital del Imperio Romano, una metrópolis única que en tiempos pretéritos era llamada simplemente la “urbs”, la ciudad. Y es que entre finales del siglo I a.C y comienzos de nuestra era no había nada comparable a la Roma republicana e imperial. Entre las maravillas escondidas en los tortuosos pasajes subterráneos destacan especialmente las catacumbas, antiguas minas de sal que fueron usadas por los primitivos cristianos para enterrarse, evitando así que sus huesos fueran profanados por los impíos paganos del Imperio. También digna de atención es la actual iglesia de San Clemente, un templo situado cerca del Coliseo del que la mayoría de los turistas no tienen conocimiento. Se perderán por tanto una majestuosa basílica del siglo XII, la primitiva basílica del siglo IV y bajo ésta, las dependencias de la casa del cónsul Tito Flavio Clemente un cristiano martirizado.

Pero una de las joyas más preciadas para cualquier amante de la arqueología romana se encuentra en el Vaticano, más concretamente en los subterráneos de la Basílica de San Pedro, construida, según la tradición, sobre el lugar donde fue enterrado el primado de la Iglesia Católica. La duda continuó revoloteando las estancias vaticanas hasta la llegada a la Santa Sede de Pio XII poco antes de la II Guerra Mundial. Apenas tomó el Anillo del Pescador, el nuevo pontífice decidió abrir las Grutas Vaticanas para descubrir el misterio de la tumba del primer Papa. Comenzaría entonces una excavación arqueológica confiada a los jesuitas. Éstos hallaron algo extraordinario en el subsuelo vaticano, una enorme necrópolis romana soterrada por Constantino para construir sobre ella la primitiva basílica de San Pedro. Esta ciudad de los muertos hacía honor a su denominación, no en vano las tumbas se podían catalogar de auténticas casas que configuraban calles en torno a ellas. En su interior, los sarcófagos y urnas de cremación de las adineradas familias romanas que podían permitirse tales lujos funerarios.

Pero las sorpresas no cejaron con la necrópolis. Las excavaciones continuaron hallando bajo el altar de la actual Basílica de San Pedro varios altares papales de tiempos remotos. Primero el del Papa Calixto II de mediados del siglo XII, y bajo éste el altar de Gregorio Magno del siglo VI y finalmente, en las profundidades de la Basílica, un monumento funerario construido por Constantino en el siglo IV indicando la presencia de la preciada tumba de San Pedro. Una inscripción parecía desentrañar el misterio: “Petros eni”, Pedro está dentro. Pio II no dudaría en difundir la noticia en un histórico mensaje radiofónico en la Navidad de 1950 donde afirmaba haber hallado la tumba. Sin embargo, bajo la tapa del nicho donde debían hallarse los huesos no había nada, solo tierra y escombros. La duda y el escepticismo comenzó a inundar la Santa Sede hasta la llegada de Margherita Guarducci. La arqueóloga italiana observó que las excavaciones habían provocado el desprendimiento de escombros que habían afectado al nicho. De este modo, realizando una inspección más detenida, encontró restos óseos e hilos de oro que fueron identificadas con los paños dorados usados por Constantino para proteger los huesos del apóstol. Finalmente, los trabajos antropológicos concluyeron que los huesos pertenecían a una sola persona de edad avanzada que vivió en el siglo I de nuestra era. 

Es indudable que el culto a la entendida como tumba de San Pedro se remonta muchos siglos atrás y que los estudios científicos de arqueólogos y antropólogos parecen coincidir en lo que la tradición nos dice. ¿Entonces nos encontramos con la verdadera tumba de San Pedro? Todo parece indicar que sí, pero en el mundo de las reliquias cristianas todo debe ser cogido con pinzas. No en vano, tenemos el ejemplo de Santiago donde la tradición más “oficial” deja paso a una más arcana. Ésta última afirma que los huesos guardados en Compostela no son los de Santiago sino los del hereje Prisciliano cuyo único pecado fue criticar a una Iglesia que ya en el siglo IV nadaba en la opulencia.







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