lunes, 15 de octubre de 2012

Las ECM


Lejos de intentar emular a determinados personajes del ámbito periodístico del misterio y lo oculto, este breve artículo pretende poner de relieve un fenómeno que, a toda luces, sucede en nuestra sociedad más allá de su veracidad o no. Son muchas, cada vez más, las personas que están dejando de lado el miedo a ser señalados y comienzan a compartir sus experiencias “en el otro lado” relatando todo aquello que creyeron ver y oír en un mundo que trasciende nuestra concepción material y racional de la realidad. Todos ellos han sufrido una ECM, experiencia cercana a la muerte. ¿Pero qué verdad se oculta tras estas siglas?

Las ECM son mucho más comunes de lo que cabría pensar. Estas suceden cuando una persona se ha encontrado al borde de la muerte o incluso en una muerte clínica o en coma durante un tiempo variable hasta que consigue recuperarse y relatar su vivencia. Según la mayor parte de los entrevistados existen una serie de patrones, si se pueden llamar así, que se repiten con mayor o menos asiduidad. Por un lado el famoso túnel de luz en el que el paciente “asciende” hasta alcanzar la luz, pudiendo incluso ser espectador de la película de su vida. Los hay también que sienten la presencia de alguien junto a ellos durante esta fase, para algunos una suerte de guía espiritual. A partir de aquí las experiencias se diversifican, adoptando infinidad de situaciones y escenarios, tantos como individuos experimentan la ECM. Llama la atención algunos casos como el del Dr. Eben Alexander, neurocirujano de la Universidad de Harvard, quién a raíz de una ECM creyó ver algo parecido a la concepción tradicional del cielo, aquella configurada por un cielo azul, nubes y ángeles custodios. Huelga decir que el Dr. Alexander, un escéptico confeso del “más allá”, cambió radicalmente su discurso afirmando con rotundidad que hay algo más tras la muerte.

Lo más interesante de estas ECM es el grado de implicación, cada vez mayor, de determinados científicos en su estudio. Ejemplos son los doctores Raymond Moody o Kenneth Ring. Muy interesante fueron las investigaciones de éste último acerca de las experiencias extracorporales en personas invidentes. Según relataba Ring en su estudio existían casos en los que personas cuyo nervio óptico había quedado inutilizado desde su nacimiento, fueron capaces de describir con todo lujo de detalles lo acontecido en la sala de operaciones e incluso revivir su vida y relacionarse con lo que definen como “seres de luz”. También hay científicos españoles que han tratado este controvertido tema. Uno de ellos es el Dr. José Miguel Gaona, psiquiatra y profesor de la Universidad Complutense de Madrid que en su último libro “Al otro lado del túnel” defiende la posibilidad de que la consciencia no se encuentre unida al cerebro como la mayor parte de los médicos defienden, sino que sea un concepto más etéreo, que trascienda y sobreviva al organismo. 

Pero no es oro todo lo que reluce. También hay investigadores de la misma categoría que los mencionados que siguen ofreciendo una explicación más convencional a esas experiencias. Una de las más recurrentes es la hipoxia cerebral, falta de oxígeno en el cerebro que provoca un efecto óptico en forma de túnel que progresivamente aumenta de tamaño. Para las posteriores visiones “celestiales” los escépticos tienden a postular que el origen se encuentra en alucinaciones vinculadas a las creencias religiosas subjetivas de cada individuo. En este grupo podríamos incluir el caso de Colton Burpo, un joven norteamericano que afirmó en fechas recientes haber contactado con un Jesús alto, barbado y con ojos azules tras sufrir complicaciones en una operación de apendicitis cuando tenía 4 años. Las voces más críticas afirman que el caso de Colton es un claro ejemplo de alucinación, no en vano era hijo de un pastor protestante, viviendo en un ambiente religioso y apegado a la tradición acerca Jesús, el cielo y el infierno. 

Sea como fuere, parece que algo está claro, todos los que testimonian haber sufrido un ECM creen decir la verdad, aunque posiblemente ésta sea su verdad. No en vano, la mayor parte de los mismos afirman haber perdido el miedo a la vida, esto es, el temor a arriesgarse. En todo caso, como cualquier otro objeto de estudio, la experiencias cercanas a la muerte seguirán causando controversias, esperanzando a unos y encolerizando a otros. Pero, ante todo, no debemos caer en el error de ser más papistas que el Papa. La ciencia auténtica, aquella que investiga, experimenta y luego afirma, y no al revés, poco a poco está rompiendo barreras a priori inexpugnables. Quizá en unos años o quizá nunca se demuestre que un tal Franz Gall se equivocaba y el cerebro no “es el órgano de la mente”. 

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