sábado, 26 de enero de 2013

Profetas del Mundo Antiguo

Mucho tiempo antes del nacimiento de la República y el Imperio, Roma inició su andadura como una aldea de comerciantes a orillas del rio Tiber bajo el gobierno de un monarca. Según cuenta la leyenda, el último de los monarcas romanos, el infame Tarquinio el Soberbio, recibió la visita de un ser tan antiguo que ya nadie recordaba su nombre. Adoptando la forma frágil de una anciana, le ofreció al orgulloso rey nueve libros con la promesa de que entre sus líneas hallaría el destino de Roma. Tarquinio no se mostró convencido e intentó regatear el precio que la anciana ofrecía. Pero enfurecida por intentar rebajar lo que ella consideraba una ganga, la anciana destruyó tres de los libros ofreciendo los restantes por el mismo precio. El incrédulo monarca romano intentó regatear de nuevo el precio, aunque lo que consiguió fue la destrucción de otros tres libros. Con solo tres libros restantes, la anciana se presentó al día siguiente al rey volviendo a ofrecerlos por el precio inicial. En esta ocasión, temiendo que los libros se perdieran para siempre con el contenido secreto sobre el futuro de Roma, Tarquinio compró los últimos libros por el precio de los nueve, guardándolos en el templo de Júpiter. La anciana desapareció para siempre sin revelar su identidad aunque muchos creyeron ver en ella a la Sibila de Cumas. Ésta era la más importante de las sibilas, profetizas que debían su poder a la inspiración otorgada por el dios Apolo.

La de Cumas no fue la única sibila. Los autores clásicos nos hablan de numerosas a lo largo de los siglos, algunas tan significativas como la sibila de Eritrea, profetiza de la Guerra de Troya, o la sibila de Persia, la cual predijo las hazañas de un joven rey de Macedonia a quién llamarían Alejandro Magno. La leyenda de las sibilas perduraría en el imaginario popular incluso después de la cristianización de Europa. Las historias sobre su canto profético fueron adaptadas por el cristianismo que las identificaría como mensajeras del Apocalipsis. En torno a ellas se crearía en el siglo X una composición mozárabe llamada “El Canto de las Sibilas” conservándose los manuscritos originales en Córdoba, Lyon o Ripoll. El gran artista Miguel Ángel, buen conocedor de la mitología clásica, utilizaría a las sibilas en algunas de sus obras maestras. Concretamente, en la Capilla Sixtina podemos disfrutar de la más famosa representación de estas profetizas de la Antigüedad junto a los profetas del Antiguo Testamento. Todo un  ejercicio de sincretismo religioso y mitológico en el corazón del Vaticano.

Las mujeres siempre tuvieron una especial vinculación con la predicción del futuro durante el Mundo Antiguo. No en vano, uno de los grandes centros de adivinación de la Grecia Clásica tuvo a una mujer como gran protagonista. Estamos hablando del Oráculo de Delfos, enclavado en una de las áreas más bellas de Grecia junto al monte Parnaso, donde vivían las Musas. El Oráculo, que era considerado el “ombligo del mundo”, era el hogar de la pitonisa que recibía el nombre de “pitia”, en honor a la serpiente Pitón derrotada por Apolo en aquellos parajes.
Según se cita en las fuentes, dentro de una gruta la pitia recibía sus poderes mediante la inhalación de un gas llamado “pneuma” que emanaba del subsuelo a través de una grieta. Este gas le hacía entrar en trance, pronunciando una serie de frases inconexas que eran susceptibles a ser interpretadas libremente.  Esto fue lo que le ocurrió al pobre rey de Lidia, Creso quién preguntó a la pitia sobre el resultado de su futura guerra contra Persia. La pitia respondió de forma ambigua indicándole al monarca que si cruzaba el rio que separaba las fronteras de ambos reinos, uno de ellos caería. Creso, interpretando la victoria sobre el enemigo, cruzó el rio en dirección a Persia, aunque su ejército fue aniquilado al igual que su reino. Pero el manto de sacralidad que envolvía al Oráculo era tal que para los griegos la pitia nunca erraba, eran sus palabras las que eran mal interpretadas.vgsrgrgertertertertertluso despso despu. Y es que las mujeres tuvieron una vinculacigunas con m

domingo, 28 de octubre de 2012

El último viaje de Alejandro Magno



Babilonia, la ciudad de los Jardines Colgantes una de las 7 maravillas de la antigüedad según Heródoto y capital de uno de los imperios más deslumbrantes de la Historia, uno que uniría como nunca dos civilizaciones secularmente enfrentadas: Occidente y Oriente. Su precursor fue Alejandro III de Macedonia, conocido por todos como Alejandro Magno, el Grande. No en vano, tras una épica cruzada que lo llevó desde la capital del Imperio Macedónico, Pella, hasta el corazón mismo de la India, consiguió aunar la razón y la lógica de los griegos con el misticismo y la religión de persas y egipcios. A partir de ese momento, Alejandro desarrollaría una política con la que consiguió la fusión de dos mundos antagónicos iniciada con su matrimonio con la persa Roxana, madre de su único hijo Alejandro IV. 

Con apenas 33 años el gran conquistador murió por causas aún por determinar dejando como legado un vasto territorio que terminó por ser dividido por los diácodos, los generales que lo apoyaron en vida. Aquí se abre uno de los mayores interrogantes sobre su figura, la localización de la tumba donde fue enterrado, uno de los “Santos Griales” de la arqueología moderna. Sabemos a través de los documentos que el cuerpo de Alejandro, símbolo de la legitimidad real, sufrió un auténtico trasiego hasta su posterior desaparición. Una vez momificado y colocado en un fastuoso sarcófago de oro, el cadaver fue secuestrado por uno de sus general, Ptolomeo, y llevado a Egipto donde el emperador deseaba ser sepultado. En el País del Nilo Ptolomeo se proclamó faraón ordenando construir en Alejandría un gran mausoleo dedicado a macedonio. Allí reposaría hasta que en el siglo III a.C. Ptolomeo IV erigió un nuevo emplazamiento, el Soma, a donde acudirían en masa gentes de todo el Mediterráneo a adorar a aquél Rey-Dios del que hablaban las crónicas. 

Con el advenimiento del cristianismo a fines del Imperio Romano, la tumba de Alejandro ya no solo simbolizaba la de un mítico rey del pasado sino la de una divinidad pagana que atentaba contra el nuevo credo impuesto desde Roma. Los cristianos centrarían su ira contra su tumba que fue destruida tras los repetidos llamamientos a tal efecto del patriarca alejandrino Georgias. Para algunos investigadores su momia fue troceada, sin embargo para Andrew Chugg, historiador británico, ésta fue trasladada a Venecia donde descansa en la tumba atribuida a San Marcos. Esta arriesgada teoría se basa en la coincidencia temporal entre la desaparición de Alejandro y el milagroso hallazgo del cuerpo del santo, y el descubrimiento bajo un ábside de la basílica veneciana de una lápida con una estrella real que recuerda al símbolo de la dinastía Argéada a la que pertenecía el conquistador. 

Sea cual fuere su paradero, el legado de Alejandro Magno fue colosal especialmente si nos atenemos a su corta existencia. Su figura consiguió inspirar a grandes personalidades de la Historia como Julio César. Plutarco nos relata en sus “Vidas Paralelas” cómo el joven César rompió a llorar ante el busto de Alejandro cuando dio cuenta de sus escasos éxitos a la edad de 33 años momento en el que el Magno era dueño y señor de medio mundo conocido. 

lunes, 15 de octubre de 2012

Las ECM


Lejos de intentar emular a determinados personajes del ámbito periodístico del misterio y lo oculto, este breve artículo pretende poner de relieve un fenómeno que, a toda luces, sucede en nuestra sociedad más allá de su veracidad o no. Son muchas, cada vez más, las personas que están dejando de lado el miedo a ser señalados y comienzan a compartir sus experiencias “en el otro lado” relatando todo aquello que creyeron ver y oír en un mundo que trasciende nuestra concepción material y racional de la realidad. Todos ellos han sufrido una ECM, experiencia cercana a la muerte. ¿Pero qué verdad se oculta tras estas siglas?

Las ECM son mucho más comunes de lo que cabría pensar. Estas suceden cuando una persona se ha encontrado al borde de la muerte o incluso en una muerte clínica o en coma durante un tiempo variable hasta que consigue recuperarse y relatar su vivencia. Según la mayor parte de los entrevistados existen una serie de patrones, si se pueden llamar así, que se repiten con mayor o menos asiduidad. Por un lado el famoso túnel de luz en el que el paciente “asciende” hasta alcanzar la luz, pudiendo incluso ser espectador de la película de su vida. Los hay también que sienten la presencia de alguien junto a ellos durante esta fase, para algunos una suerte de guía espiritual. A partir de aquí las experiencias se diversifican, adoptando infinidad de situaciones y escenarios, tantos como individuos experimentan la ECM. Llama la atención algunos casos como el del Dr. Eben Alexander, neurocirujano de la Universidad de Harvard, quién a raíz de una ECM creyó ver algo parecido a la concepción tradicional del cielo, aquella configurada por un cielo azul, nubes y ángeles custodios. Huelga decir que el Dr. Alexander, un escéptico confeso del “más allá”, cambió radicalmente su discurso afirmando con rotundidad que hay algo más tras la muerte.

Lo más interesante de estas ECM es el grado de implicación, cada vez mayor, de determinados científicos en su estudio. Ejemplos son los doctores Raymond Moody o Kenneth Ring. Muy interesante fueron las investigaciones de éste último acerca de las experiencias extracorporales en personas invidentes. Según relataba Ring en su estudio existían casos en los que personas cuyo nervio óptico había quedado inutilizado desde su nacimiento, fueron capaces de describir con todo lujo de detalles lo acontecido en la sala de operaciones e incluso revivir su vida y relacionarse con lo que definen como “seres de luz”. También hay científicos españoles que han tratado este controvertido tema. Uno de ellos es el Dr. José Miguel Gaona, psiquiatra y profesor de la Universidad Complutense de Madrid que en su último libro “Al otro lado del túnel” defiende la posibilidad de que la consciencia no se encuentre unida al cerebro como la mayor parte de los médicos defienden, sino que sea un concepto más etéreo, que trascienda y sobreviva al organismo. 

Pero no es oro todo lo que reluce. También hay investigadores de la misma categoría que los mencionados que siguen ofreciendo una explicación más convencional a esas experiencias. Una de las más recurrentes es la hipoxia cerebral, falta de oxígeno en el cerebro que provoca un efecto óptico en forma de túnel que progresivamente aumenta de tamaño. Para las posteriores visiones “celestiales” los escépticos tienden a postular que el origen se encuentra en alucinaciones vinculadas a las creencias religiosas subjetivas de cada individuo. En este grupo podríamos incluir el caso de Colton Burpo, un joven norteamericano que afirmó en fechas recientes haber contactado con un Jesús alto, barbado y con ojos azules tras sufrir complicaciones en una operación de apendicitis cuando tenía 4 años. Las voces más críticas afirman que el caso de Colton es un claro ejemplo de alucinación, no en vano era hijo de un pastor protestante, viviendo en un ambiente religioso y apegado a la tradición acerca Jesús, el cielo y el infierno. 

Sea como fuere, parece que algo está claro, todos los que testimonian haber sufrido un ECM creen decir la verdad, aunque posiblemente ésta sea su verdad. No en vano, la mayor parte de los mismos afirman haber perdido el miedo a la vida, esto es, el temor a arriesgarse. En todo caso, como cualquier otro objeto de estudio, la experiencias cercanas a la muerte seguirán causando controversias, esperanzando a unos y encolerizando a otros. Pero, ante todo, no debemos caer en el error de ser más papistas que el Papa. La ciencia auténtica, aquella que investiga, experimenta y luego afirma, y no al revés, poco a poco está rompiendo barreras a priori inexpugnables. Quizá en unos años o quizá nunca se demuestre que un tal Franz Gall se equivocaba y el cerebro no “es el órgano de la mente”. 

viernes, 14 de septiembre de 2012

El misterio de la tumba de San Pedro



Todo aquél que haya visitado Roma habrá atestiguado la existencia de un auténtico mundo subterráneo bajo el pavimento de la “Ciudad Eterna”. Esta sucesión de capas urbanas superpuestas refleja el verdadero cariz de la que fue la capital del Imperio Romano, una metrópolis única que en tiempos pretéritos era llamada simplemente la “urbs”, la ciudad. Y es que entre finales del siglo I a.C y comienzos de nuestra era no había nada comparable a la Roma republicana e imperial. Entre las maravillas escondidas en los tortuosos pasajes subterráneos destacan especialmente las catacumbas, antiguas minas de sal que fueron usadas por los primitivos cristianos para enterrarse, evitando así que sus huesos fueran profanados por los impíos paganos del Imperio. También digna de atención es la actual iglesia de San Clemente, un templo situado cerca del Coliseo del que la mayoría de los turistas no tienen conocimiento. Se perderán por tanto una majestuosa basílica del siglo XII, la primitiva basílica del siglo IV y bajo ésta, las dependencias de la casa del cónsul Tito Flavio Clemente un cristiano martirizado.

Pero una de las joyas más preciadas para cualquier amante de la arqueología romana se encuentra en el Vaticano, más concretamente en los subterráneos de la Basílica de San Pedro, construida, según la tradición, sobre el lugar donde fue enterrado el primado de la Iglesia Católica. La duda continuó revoloteando las estancias vaticanas hasta la llegada a la Santa Sede de Pio XII poco antes de la II Guerra Mundial. Apenas tomó el Anillo del Pescador, el nuevo pontífice decidió abrir las Grutas Vaticanas para descubrir el misterio de la tumba del primer Papa. Comenzaría entonces una excavación arqueológica confiada a los jesuitas. Éstos hallaron algo extraordinario en el subsuelo vaticano, una enorme necrópolis romana soterrada por Constantino para construir sobre ella la primitiva basílica de San Pedro. Esta ciudad de los muertos hacía honor a su denominación, no en vano las tumbas se podían catalogar de auténticas casas que configuraban calles en torno a ellas. En su interior, los sarcófagos y urnas de cremación de las adineradas familias romanas que podían permitirse tales lujos funerarios.

Pero las sorpresas no cejaron con la necrópolis. Las excavaciones continuaron hallando bajo el altar de la actual Basílica de San Pedro varios altares papales de tiempos remotos. Primero el del Papa Calixto II de mediados del siglo XII, y bajo éste el altar de Gregorio Magno del siglo VI y finalmente, en las profundidades de la Basílica, un monumento funerario construido por Constantino en el siglo IV indicando la presencia de la preciada tumba de San Pedro. Una inscripción parecía desentrañar el misterio: “Petros eni”, Pedro está dentro. Pio II no dudaría en difundir la noticia en un histórico mensaje radiofónico en la Navidad de 1950 donde afirmaba haber hallado la tumba. Sin embargo, bajo la tapa del nicho donde debían hallarse los huesos no había nada, solo tierra y escombros. La duda y el escepticismo comenzó a inundar la Santa Sede hasta la llegada de Margherita Guarducci. La arqueóloga italiana observó que las excavaciones habían provocado el desprendimiento de escombros que habían afectado al nicho. De este modo, realizando una inspección más detenida, encontró restos óseos e hilos de oro que fueron identificadas con los paños dorados usados por Constantino para proteger los huesos del apóstol. Finalmente, los trabajos antropológicos concluyeron que los huesos pertenecían a una sola persona de edad avanzada que vivió en el siglo I de nuestra era. 

Es indudable que el culto a la entendida como tumba de San Pedro se remonta muchos siglos atrás y que los estudios científicos de arqueólogos y antropólogos parecen coincidir en lo que la tradición nos dice. ¿Entonces nos encontramos con la verdadera tumba de San Pedro? Todo parece indicar que sí, pero en el mundo de las reliquias cristianas todo debe ser cogido con pinzas. No en vano, tenemos el ejemplo de Santiago donde la tradición más “oficial” deja paso a una más arcana. Ésta última afirma que los huesos guardados en Compostela no son los de Santiago sino los del hereje Prisciliano cuyo único pecado fue criticar a una Iglesia que ya en el siglo IV nadaba en la opulencia.







martes, 4 de septiembre de 2012

Juan Martín, "el Empecinado"

En estos días de crisis y rebeldía de muchos, me viene a la cabeza una famosa película cuyo título ya nos pone sobre aviso acerca de su contenido, “El Patriota” protagonizada, como no, por el siempre polémico Mel Gibson. La película nos narra el drama de Benjamin Martín, un ficticio héroe de la Revolución Americana en su cruzada por vencer al opresor inglés y vengar así a su familia asesinada. Y es que la máquina de marketing y merchadising de América es única a la hora de vender su historia al resto del mundo, a pesar de que esta sea exigua, aunque no falta de interés.

Pero buceando en nuestra historia podemos encontrarnos con uno de esos héroes sobre los que no se han hecho películas, bien por desconocimiento o falta de interés. Este es Juan Martín Díez, “el Empecinado”. Nacido en Castrillo de Duero, provincia de Valladolid, el joven Juan Martín comenzó a demostrar su bravura al enrolarse en el ejército español en su disputa contra la Francia Revolucionaria. La guerra fue un desastre y España, gobernada por el infame Godoy, terminó por unirse a la causa gala contra Gran Bretaña. Decepcionado por el resultado de la contienda, Juan volvió a su hogar para dedicarse a labores menos pesarosas, la labra. Pero la guerra volvió a cruzarse en su vida. 

Napoleón invadió en 1808 la Península Ibérica, y los franceses comenzaron una campaña de robos y violaciones que también afectó a su pequeño pueblo. Allí, los franceses saquearon las casas abusando de una conocida muchacha local. Juan no quedó impasible como otros ante estos crímenes. Cuchillo en mano, salió en busca del violador a quién asesinaría a sangre fría. Pero esto solo era el principio. Los franceses habían creado a su Némesis, un simple labrador, uno de los muchos labradores que fueron tachados por Napoleón como “una chusma de aldeanos dirigidos por curas”. 

La destrucción del ejército español por la Grand Armeé fue su oportunidad para desarrollar una nueva forma de guerra, la guerrilla. Pequeñas partidas de hombres, campesinos y soldados en su mayoría, que atacaban a destacamentos del ejército invasor dañando las líneas de comunicación y suministro. Su nombre fue cada vez más conocido entre sus enemigos y el mismísimo emperador Napoleón ordenó al general Joseph Leopold Hugo la captura de “el Empecinado”. Para ello, Hugo capturó a su madre y a varios familiares amenazando con fusilarlos si no se entregaba. La respuesta de Juan fue inmediata. Junto a sus compañeros de armas capturó un destacamento francés de más de 100 hombres que fueron hechos prisioneros, jurando que los ejecutaría si le ocurría algo a sus familiares. Hugo titubeó al principio aunque finalmente cedió frente al labrador castellano erigido en héroe nacional. 

Las acciones de Juan Martín Díez fueron fundamentales en el desarrollo de la Guerra de Independencia española y así lo vio también el ejército que no dudó en ascenderlo a Mariscal de Campo. Sin embargo, una nueva sombra se cernía en una España casi devastada. En 1814 volvía Fernando VII, restaurando el absolutismo y finiquitando la Constitución de 1812. El ahora Mariscal volvió a sublevarse en 1820 defendiendo la legitimidad de “La Pepa”, símbolo de una nueva nación donde se defendía la igualdad de los hombres. Pero el gobierno surgido de la revolución duró muy poco tiempo. El rey Fernando consiguió el apoyó de Europa para restaurar el absolutismo, intentando inútilmente sobornar con un millón de reales a “el Empecinado”. Pero Juan Martín era obstinado, un guerrero valiente y, ante todo, leal a una causa. De esta manera, aquél campesino rechazaba la oferta de un rey y se condenaba así mismo. Los voluntarios realistas lo capturaron en su tierra, siendo llevado a Roa del Duero donde fue ejecutado no sin una última muestra de valentía, de orgullo, intentando escapar de la horca.

La historia de “el Empecinado” fue la historia la España de la época, un hombre que a duras penas sabía leer y escribir pero que con su valor y astucia consiguió hacerse un nombre en un panorama nacional lleno de bandidos vestidos de seda. Su obstinación hizo que hoy en día empecinarse sea un verbo más en nuestro rico léxico que retrata a personas como Juan, gentes que luchan por un fin u objetivo sin cejar en el empeño.

viernes, 5 de agosto de 2011

Hace 66 años…el fin del mundo

Paul dejó por un momento los mandos y miro su reloj. Eran las 8:00 de un 6 de Agosto y ya podía observar desde la cabina el objetivo de su misión. Había estado esperando este momento toda su vida. Sabía que haría historia, su nombre quedaría marcado a fuego en la memoria de las gentes en la posteridad. Enola estaría orgullosa de su valiente hijo. No había remordimiento en sus ojos.

Los preparativos fueron muy intensos- pensó- La operación había sido llevada de forma secreta durante demasiado tiempo. Si los enemigos conocieran la potencia de fuego que ahora poseemos podríamos evitar la muerte innecesaria de más vidas en guerras como esta.

Eran las 8:10. Little Boy estaba totalmente operativa. El capitán Parsons había realizado con éxito su trabajo de ensamblaje. Solo quedaban unos minutos para la eyección del arma más mortífera jamás creada por el ingenio humano.

Algo así solo podría compararse con la ira de Dios cayendo sobre el enemigo- balbuceó Paul.

Las compuertas del B-29 comenzaron a abrirse lentamente mientras los operarios de la nave iniciaban las maniobras de lanzamiento de Little Boy. Años de guerra y muerte estaban a punto de iniciar su fin su tras un gran rugido. Aquél que iba a llevarse a cientos de miles de personas en un segundo. Un calor abrasador, lluvia negra, un instante perdido.

El haz de luz cegó por un momento a Paul en la cabina de pilotos. Tuvo que hacerse fuertemente con los mandos del aparato ante las enormes turbulencias que surgieron de la explosión. Todo se había salido según lo previsto. Eran las 8:15, las columnas de humo eran lo único que se observaban de la antigua ciudad de Hiroshima.


lunes, 1 de agosto de 2011

The Troubles

Irlanda es una isla de contrastes, un microuniverso de lenguas, culturas e identidades. Con una extensión bastante limitada, esta porción de tierra se encuentra dividida en dos territorios, la Republica de Irlanda e Irlanda del Norte, dos mundos fuertemente unidos y a la vez distanciados.

Fue en la década de los 20 del siglo pasado, tras años de insurgencias, cuando los irlandeses al fin consiguieron la tan ansiada independencia del todavía Imperio Británico. No fue una conquista fácil, fueron muchos los muertos en una guerra abierta entre británicos e irlandeses. De este modo en 1922 se instauro Eire, una republica católica que comenzó a revalorizar la lengua de sus ancestros, el gaélico. Atrás había quedado el tiempo de héroes nacionales como Michael Collins y Richard Mulcahy

Pero el nacimiento de la nación irlandesa también supuso la aparición de Irlanda del Norte, un pequeño territorio de gran presencia britanica escorado al nordeste que dividía la isla y los denominados condados del Ulster. Lejos de apaciguar los problemas en Irlanda, la independencia los había complicado hasta límites que pocos podían imaginar. La región del Norte se convirtió pronto en un hervidero de luchas entre los dos grandes grupos mayoritarios, católicos y protestantes, a mi parecer, una equivocada forma de denominar a republicanos nacionalistas y unionistas-lealistas. Tal y como ha ocurrido durante siglos, la guerra de religiones ha ocultado (de forma mas o menos interesada) a una lucha política.

El sectarismo se instaló en el norte. El gobierno pro británico norirlandés inicio una política de marginación y ataque a los numerosos católico-nacionalistas irlandeses. La policía (Royal Constabulary), de mayoría ampliamente protestante, cometió numerosos excesos contra la población civil. Pero la respuesta de los católicos no se hizo esperar. Pronto surgirían las primeras bandas organizadas de republicanos catolicos. De entre todas ellas una fue especialmente sangrienta, el “Irish Republican Army” (IRA) en sus múltiples variantes surgidas a partir de secesiones internas. Sin embargo el IRA no fue el único grupo terrorista de este conflicto, el UVF (Ulster Volunteers Forces) o UDA (Ulster Defence Association) destacaron por el bando protestante.

Con este panorama, los atentados y los asesinatos comenzaron a sucederse. La espiral de violencia que parecía desangrar por completo a Irlanda fue llamada “The Troubles”, Los Problemas, una denominación simple y austera para una guerra con un sentido mucho mas profundo, una guerra no por religión, sino por la imposición de una identidad.

La Historia nos lleva a contabilizar más de 3000 muertos durante “The Troubles”. Las barriadas de Shankill y Falls Road de Belfast han teñido sus paredes con llamativos murales donde se muestran las caras de aquellos fallecidos a causa de la irracionalidad sectaria. Para muchos, leyendas como Bobby Sands, para otros, daños colaterales. Es curioso como estas manifestaciones de una crueldad tan reciente y viva en la actualidad se han convertido en una mera atracción turística para unos pocos “guiris” que se acercan a ellos para observarlos ante la incomprensión y la sorpresa de sus mensajes de violencia conjugada con paz.

Pero algo me dice que el proceso de paz iniciado en 1998 con los Acuerdos del Viernes Santo aun tiene un largo camino por recorrer. La ciudad de Derry/Londonderry es el ejemplo de ello. Una pequeña ciudad a orillas del río Foyle, frontera entre los barrios católicos y protestantes, que fue sede del Bloody Sunday norirlandés de 1972. La asistencia a una charla sobre el conflicto de Irlanda del Norte me puso sobre aviso de que aun existen limites para la paz. Un personaje de nombre John, excombatiente del IRA y en la actualidad autodenominado “peace worker” lo dejo bien claro.

Nos habló de cómo vio a sus amigos morir durante la época de mayores turbulencias lo que le “obligo” a participar activamente por la causa republicana hasta que un accidente le hizo cambiar su vida. El tomó el camino de las armas, sin embargo en su actual senda aun sigue defendiendose de una amenaza: “yo soy un pacificador, pero no significa que sea un pacifista”.

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